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Teñida de rojo la conocí, mientras caminaba abrazado a mis raíces, emocionado por descubrir un camino distinto, ahí estaba ella. Su mirada coqueta me llamaba y yo correspondía. Nos olvidamos del tiempo, nos olvidamos de formalidades y del mundo. Fui a ella como un león, no quería lastimarla y mis garras la abrazaron suavemente. Bailamos juntos toda la noche, en un salón sin música ni ritmo, esa madrugada de abril me enseñó que solo bastaba permanecer callados, sin habla. Me miraba fijamente, y en ese momento desaparecimos nosotros o desaparecieron ellos, pero ella no dejaba de mirarme. Mi piel la acariciaba, mientras las aves cantaban. El alba nos saludaba, y nuestros corazones se entrelazaban; funcionando por emoción nuestros pies dibujaban constelaciones estelares y la música matutina suavizaba mis latidos. Hermoso silencio, qué lástima que no te quedes, cuando cruces la puerta no habrá más compañía que la gente desaparecida.
Quiero que la lluvia amarilla descienda, quiero que el verde pasto me caliente. ¿Dónde estás princesa de rojo? Te olvidaste de mostrarme el camino, ahora los pedregales forman murallas más altas que el Machu Picchu. Si tan solo el silencio me hablara y me mostrara el camino, no estaría mareado, subiendo y bajando, corriendo para que se me quite la sed, no estaría construyendo agujeros blancos. Ni las matemáticas me sirven. ¿Dónde estás?
Hace tres mil años no había reggae, hace mil quinientos meses Internet no jugaba con mis dedos, tampoco veinte días antes te conocía, pero desde siempre el corazón ha latido y cantado, su comunicación no tiene frecuencia ni historia. Gracias a los colores sé que el frío quema, y los peces ya no nadarán sobre el fuego porque en la naturaleza rugen leones. Mi corazón te canta y te clama, y siento que el tiempo nuevamente desaparece, ahí estás nuevamente bailando sobre las llanuras de Etiopía, descalza sin lastimar a las espinas que almidonan las nubes. Has vuelto a África para descansar bajo un árbol, espérame. Quiero abrazarte y convertirme en gaviota, surcar los cielos y respirar aire fresco, cruzar Machu Picchu. No dejes que el semáforo cambie de color, porque el tráfico comienza en verde. Cuando el tiempo paraliza te puedo ver, si Gautama no fuese educador no recordaría tu nombre, si Jesús no fuese negro mi cabello dejaría de crecer; así los días que faltan serán más limpios porque la guerra ya terminó para mí. A tu lado conocí que los ojos no mienten, a tu lado conocí que la piel no endurece el corazón, y que la vida está para vivir.
Ahora no te ocultes en el Sahara, que tu mirada traviesa me alivia dolores, y mi corazón está fundido al tuyo, gozando porque el sol brilla más de veinticuatro horas. Aliméntame con tus labios, así como la gaviota alimenta a su pichón. Ahora que apareces vestida de rojo, fabricaré melodías con el antiguo reloj de pared, me bañaré en el humo elevado de la tierra y a los desaparecidos les diré que las lágrimas no son igual al sudor, que yo león aplasto al dragón, porque en Zion no existe confusión. Ahora que mis ojos miran al sol, escribiré siete poemas cubiertos de ti, de tu perfume, porque ya sé tu nombre y los misterios de las Rosas. Punto aparte.